Por: Juan Carlos Paiz, Presidente del Encuentro Nacional de Empresarios – ENADE – 2018

Nuestro país en diversas áreas está igual que nuestras carreteras: dañadas, sin mantenimiento e inversión, y falta un plan de largo plazo que nos permita innovar para inaugurar nuevas vías. Hicimos el diagnóstico, ahora tenemos que empezar de cero, con la mesa limpia y un nuevo plan que involucre a todos los sectores.

Guatemala enfrenta una crisis institucional porque sus modelos están agotados en todos los ámbitos. Desde los partidos políticos, pasando por las áreas vitales como lo son la educación, salud, seguridad, sistema penitenciario, hasta la infraestructura vial que dificulta la movilidad de todos, especialmente en el interior del país. Por ello se nos hace difícil ver la luz al final del túnel, imaginarnos una salida viable a este caos nacional.

Es por eso que ahora nos toca empezar de cero para buscar un nuevo modelo de desarrollo que nos permita transformar la realidad y lograr resultados efectivos. Para alcanzar ese objetivo necesitamos hacer un diagnóstico profundo del marco legal, analizar los pasos del proceso para simplificarlos, contar con una autoridad competente y sin conflictos de interés, tener una visión clara, construir obras con transparencia y fortalecer el liderazgo del Estado.

Ese diagnóstico lo hicimos con el sistema de infraestructura vial. Profundizamos en la evaluación del sector y encontramos, con mucha pena, un sistema colapsado. La corrupción dio paso, entre muchas cosas, al desorden administrativo, que ha provocado que en los últimos cinco años el Gobierno no ha construido un solo kilómetro de carretera. La inversión de mantenimiento está por debajo del 15 por ciento de la ejecución, la diferencia entre los costos de algunos productos agrícolas entre su lugar de producción y su mercado cantonal es hasta de un 80 por ciento, decenas de obras paralizadas con procesos legales difíciles de desentrampar y las pérdidas de un 30 por ciento de las cosechas agrícolas por las malas carreteras.

Los números son claros, el costo de manejo de bienes ha subido del 23 al 29 por ciento cuando en Estados Unidos y en China es de un ocho por ciento, los tiempos en los que todos nos trasladamos disminuye nuestra calidad de vida al punto que comunidades rurales que necesitan vender el fruto de la agricultura están aisladas consumiendo únicamente lo que producen y sin capacidad de intercambio real.

El impacto negativo de no contar con infraestructura en óptimas condiciones no solo es económico, es transversal, afecta a los más vulnerables, a los que tienen menos acceso a los servicios básicos. La distancia para llegar a centros de salud, pone en riesgo la vida de los más pobres, quiénes por falta de acceso vial adecuado, encuentran la muerte. La distancia también afecta a los menores que quieren estudiar, especialmente a las niñas, quiénes por esta razón, no se les permite asistir a la escuela.

En el diagnóstico encontramos una ausencia de visión del sistema, se desconoce en qué orden, lugar, calidad o magnitud deben de construirse las carreteras. El modelo está enfrascado en un marco legal que hace imposible la aplicación de la ley. El desorden impera junto a la corrupción o el interés de algún político o sector interesado. Esto se ha evidenciado y debemos luchar para que no se vuelva a repetir.

Este colapso requiere diferentes factores que regulen la forma de componer la visión, la supervisión, la transparencia, la licitación, la ejecución, el diseño, el mantenimiento y la compensación de los costos. Que este sector se convierta en un ejemplo para continuar en el resto de sectores.

Construyamos este país modelo a modelo, con visión, liderazgo claro y confianza de la población. El no hacerlo significa pobreza y subdesarrollo. Al final, en cierta medida, todos los guatemaltecos necesitamos de una infraestructura vial en buen estado para un mejor país y para mejorar la calidad de vida de la mayoría.