Por: Rodolfo Bay – Jefe de la Unidad de Desarrollo e Investigación de Mercados de AGEXPORT

Todavía recuerdo la primera vez que conocí a Richard Hansen, fue hace ya más de cinco años en un evento que otro buen amigo, Rosendo Morales (el creador del Congreso Mundial de Arqueología de Guatemala y Mesoamérica), había organizado en Atitlán, y en el que se hablaba de los hallazgos arqueológicos encontrados en el fondo de dicho lago. Y es que en los lugares más insospechados uno puedo encontrar los mayores tesoros.

Aunque ese día no hablé mucho con él, desde el primer momento Richard muestra su gran envergadura, no solo física (que debe llegar a casi dos metros), sino su envergadura como profesional, arqueólogo, científico, intelectual y lo que es más importante de todo, como persona. Richard desprende simpatía y amor a lo que hace, y sobre todas las cosas, diría que incluso casi al mismo nivel que su familia (cosa que es complicada dado la maravillosa familia que tiene), su amor hacia Guatemala.

El doctor Hansen es un ciudadano nacido en el siglo XX, pero es el estereotipo del arqueólogo del siglo XXI. Aunque en un principio engaña con su estilo de la vieja escuela, con la típica vestimenta que a los amantes de las películas de aventura le recordaría al mismísimo “Indiana Jones”, con ese carácter y valentía, dispuesto a adentrarse en cualquier selva, vivir semanas aislado del mundo, o afrontar sin ningún temor los riesgos de los depredadores (entre ellos el mismo hombre, como quizás el depredador más peligroso). Aun así, su herramienta de éxito principal ha sido adaptar el estereotipo clásico con la tecnología moderna del siglo actual.

Así, gracias al radar de precisión LADAR, ha sido capaz de identificar hallazgos arqueológicos vía láser, donde otros solo hubieran encontrado montes o selva.

Hansen, que lleva 40 años investigando en la selva de Petén, con el apoyo de dicha tecnología, sus conocimientos y de un equipo cada vez más importante, pudo descubrir que la civilización maya tenía alrededor de 1 mil años de antigüedad de lo que se presumía. De sus ideas y las de sus colaboradores surge la idea de una civilización de proporciones mucho mayores que la época clásica (el preclásico maya), tanto en estructuras monumentales (con la pirámide más grande del mundo en volumen, la Danta de El Mirador), como en obras de ingeniería (la primera red de carreteras del mundo), como su capacidad de desarrollar una civilización avanzada y sofisticada.

Una civilización con todavía grandes misterios, que ni siquiera Richard ha sido capaz todavía de descubrir (aunque estoy seguro que por su constancia lo hará antes o después), como es el patrón de cómo enterraban a sus reyes en la época preclásica. A día de hoy, para sumar al atractivo de ciudades mucho más importantes y grandes que el propio Tikal, todavía no se ha encontrado ningún resto importante de las tumbas y sitios funerarios de los gobernantes de dicha época.

Lo que Richard sí nos ha dejado ya es un mensaje, legado de nuestros antepasados, que debemos tomar mucha conciencia del mismo. Él y otros estudiosos del tema llegaron a la conclusión de que el consumo en exceso de los recursos es lo que hizo la civilización maya sucumbiera tiempo antes de la llegada de la conquista. El excesivo uso de los árboles para hacer cientos, sino miles de pirámides, como la civilización maya edificó a lo largo de su historia, dejó la selva, el bosque, sin árboles, en un panorama casi desértico, que trajo la sequía, el cambio climático, para esos parajes, que sucumbieron a su apetito voraz de recursos. Quien haya visto la película de “Apocalypto” que Mel Gibson grabó siguiendo la visión de Richard sobre lo acontecido hace siglos, y aunque no ajustado a tiempos reales (pues sucedió tiempo antes de la llegada de los españoles y no cuando llegaron los mismos como muestra dicho film), podrá comprobar que muestra lo que era la vida de la civilización maya antes de su colapso.

A quien lea estas palabras, le harán mucho sentido, pues hoy está pasando lo mismo, con con la sobre explotación de los recursos, la pérdida de bosques y junglas, y el gran riesgo que nos informa el doctor Hansen y todo su maravilloso equipo, de que perdamos la segunda selva más grande de las américas, y con ella, el sitio arqueológico con más potencial de desarrollo turístico quizás del continente (por su valor histórico y ecológico).

En nuestras manos está la visión de Richard de convertir toda la cuenca de El Mirador en un parque natural, que impida la entrada de carreteras como gran reto para salvar la selva, la protección de la misma con un equipo de guardas forestales ante la depredación de los potreros y el desarrollo de una industria de turismo y de madera sostenible, es la clave.

De esta manera se puede desarrollar un turismo sostenible de altura, con boutique hoteles, hoteles ecológicos que no perjudiquen el medio ambiente, y se gestiona la posible llegada de un número de turistas excesivos. Y sumar así a los millones en divisas que genera ya Tikal para el país, para quizás y dada su importancia, duplicar dichos ingresos.

Todo ello en común acuerdo con la industria de madera, bajo un control adecuado y sostenible de la tala, y sin la invasión de los depredadores, que solo buscan el corto plazo, y no dejar un legado que nos enorgullezca a nuestros hijos guatemaltecos para el futuro.

En nuestras manos está, como dijo Richard Hansen en los días en que se le hizo entrega de la Orden del Quetzal, él es solo un mensajero, un guatemalteco de espíritu, que todos celebramos, pues es importante celebrar el esfuerzo de 40 años.

Hoy yo solo quiero ser un mero mensajero del mensajero (todas estas ideas mencionadas no son sino la herencia de los pensamientos del doctor y su grupo de colaboradores de los que tanto aprendí antes de conocer El Mirador, cuando lo conocí, y posteriormente).

Quiero remarcar que los caminos blancos mayas, como se llama a la primera red de carreteras del mundo, están esperando para que iniciemos el camino correcto, que suele no ser el más corto y fácil, pero que el poder desarrollarlo en la adversidad, es la mejor herencia que dejaremos a nuestros hijos y nietos.

Que la historia nos juzgue mejor que a los pobladores que acabaron con la civilización maya, pues ellos al menos no tenían testimonio de civilizaciones anteriores, como nosotros si tenemos de la suya. ¿Será el hombre así capaz de no tropezar dos veces en la misma piedra?

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